Sofía Florido, Málaga. El 25 de noviembre es el día en el que reivindicamos que la violencia de género existe, pero la realidad es que cada día mínimo, una mujer muere, es violada, acosada o maltratada por una figura masculina que busca situarse por encima de ella. Las agresiones ya no solo se encuentran en entornos reales y físicos —en casas, calles o puestos de trabajo—, sino que, por el avance tecnológico, también se han extendido al mundo virtual y al metaverso. Forman parte de las aplicaciones que hoy conforman nuestra vida cotidiana. Mensajes, perfiles falsos y amenazas se han sumado a las violencias de las que intentamos escapar, convirtiéndose en herramientas que permiten a los agresores llegar más lejos y más rápido. La irrupción de la inteligencia artificial ha añadido además las llamadas “venganzas virtuales”, aunque realmente no debemos llamarlas venganzas, nosotras no hemos hecho nada para que se venguen de nosotras, es simplemente violencia virtual.
Ya no solo vemos cuerpos femeninos canónicamente perfectos en revistas o pasarelas, sino también en redes sociales. Términos como that girl o clean look forman parte de la presión estética que sufrimos cada día. ¿Ser la chica perfecta para quién? Para una sociedad machista que impone estándares imposibles de cumplir.
La violencia de género digital, es aquella que se ejerce de forma telemática a través de redes sociales, aplicaciones, metaversos y otras plataformas que permiten el contacto humano. Me gustaría denominarla como una plaga. Según la RAE, una plaga es la “aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños”. Hay una plaga de agresores que acechan las redes para causar daño a mujeres por el simple hecho de ser mujeres, reproduciendo desigualdades y propagándose con enorme rapidez.
Esta “peste bubónica” o “terrorismo machista” llamada violencia de género virtual ,abarca desde el acoso digital —mensajes, amenazas, hostigamiento, control mediante geolocalización, contraseñas o revisión de dispositivos— hasta prácticas más complejas, entre ellas, el “sexting” sin consentimiento y bajo coacción. Cristina lo vivió cuando conoció a un chico en una aplicación de citas:
“Recibía constantes mensajes del hombre con el que hice match diciéndome cómo quería verme en la cama. Aunque yo le decía que no quería hablar del tema, seguía insistiendo, preguntándome si me gustaba que me eyacularan en la cara o en otras partes de mi cuerpo. Yo no quería hablar de eso y aun así insistía en que tuviera sexo virtual con él. Después me sentía sucia y culpable, como si estuviera haciendo algo malo.”
Esto también es abuso sexual. No es no.
Otra forma de ejercer violencia digital es el envío o exigencia de fotos de desnudos sin consentimiento o bajo coacción. Verónica lo vivió así:
“Me pedía fotos desnuda constantemente, usaba mi cuerpo solo para su satisfacción. Yo podría no haberlas enviado, pero si no lo hacía me decía que era mala, que le dejaba con las ganas o que las imágenes eran ‘pocas’. Incluso me amenazó con enviar a sus amigos las fotos que ya tenía. Yo no quería hacerlo, pero me vi obligada.”
Esto es una violación de derechos humanos. Y surge la pregunta: ¿realmente podemos denunciar estos abusos? ¿La sociedad los reconoce como tales? Se repite el mantra: “Puedes desconectarte”, “puedes no enviarlas”. Pero si Verónica no las hubiera enviado, o Cristina hubiera rechazado el sexo virtual, ¿qué habría pasado? El miedo paraliza. Por eso las mujeres necesitamos herramientas para detectar y frenar estas violencias.
El doxxing es otra forma de violencia digital: recopilar y difundir información privada sin consentimiento para humillar o dañar. ¿Cuántos desnudos de mujeres hemos visto sin su permiso? ¿Cuántas veces ha salido a la luz un grupo de chat donde circulan fotos íntimas enviadas sin autorización?
El ciberabuso sexual es una de las violencias más frecuentes y devastadoras, y afecta especialmente a mujeres, niñas y adolescentes: sextorsión, difusión de imágenes íntimas y deepfakes sexuales creados con inteligencia artificial.
La pedofilia tampoco ocurre solo en parques: también sucede cuando una niña de nueve años está con una tablet. Para Estrella, su “amiguito” Daniel era un niño de su edad que vivía lejos. En realidad era Miguel, de cincuenta y dos años, que manipuló con IA la fotografía de la niña para convertirla en el cuerpo de una joven hipersexualizada. Esto tiene un nombre: grooming.
Las consecuencias de estas violencias son profundas: ansiedad, miedo, aislamiento, depresión, culpabilidad, vulnerabilidad y daño escolar o laboral.
También debemos hablar de las estafas amorosas en apps de citas, una violencia poco visibilizada. Afecta sobre todo a mujeres mayores de cuarenta años en situaciones de divorcio o viudez. Los agresores crean perfiles falsos y relaciones de confianza a distancia para manipular, obtener dinero, datos o imágenes íntimas que luego utilizan para extorsionar. Después desaparecen, dejando a las víctimas avergonzadas y desconfiadas.
Otro fenómeno relevante son las plataformas de contenido erótico como OnlyFans. Se presentan como espacios de empoderamiento y autonomía económica, pero bajo esa promesa se esconden dinámicas que reproducen desigualdades y riesgos: presión por producir contenido más explícito, competencia feroz, filtración de imágenes y una industria que monetiza el cuerpo de las mujeres sin ofrecer protección real. La dicotomía entre “libre elección” o “victimización” es simplista: la economía digital condiciona el deseo, el consentimiento y la vulnerabilidad.
Pero también existe la otra cara: mujeres que, informadas y sin necesidad económica, deciden libremente usar su cuerpo como deseen. ¿Por qué se las juzga? Si defendemos que una mujer puede decidir sobre su propio embarazo, ¿por qué no puede decidir sobre su cuerpo en entornos digitales sin ser estigmatizada por otras mujeres?
Finalmente, debemos hablar del metaverso y sus nuevas violencias. En estos mundos tridimensionales surgen agresiones entre avatares: acoso sexual en tiempo real, invasión del espacio personal, tocamientos virtuales que pueden generar reacciones físicas reales. Imagina estar leyendo en un parque mientras un hombre a tu lado se masturba mirándote, puedes comprender el paralelismo. El metaverso también permite persecuciones e interacciones no consentidas que generan miedo y ansiedad, además del temor a ser hackeada y exponer información personal. Para Paloma, no era solo un juego: la falta de seguridad en ese entorno la dejó indefensa.
La prevención de las ciber violencias no puede recaer únicamente en la responsabilidad individual. Requiere educación en igualdad y educación digital con perspectiva de género, protocolos de seguridad eficaces, herramientas de denuncia rápidas y políticas de moderación que no revictimicen. El empoderamiento tecnológico de mujeres y niñas es esencial para reducir las vulnerabilidades. Sin estas medidas, seguimos reaccionando tarde ante una violencia que evoluciona sin pausa.
El ciberabuso sexual no es un problema digital: es una forma contemporánea de violencia machista que exige marcos legales sólidos y responsabilidad real de las empresas tecnológicas.
Todas tenemos una amiga a la que han violado, maltratado o abusado —de forma física o virtual— o incluso asesinada. Pero ellos no tienen ningún amigo con las manos manchadas.
